viernes 15 de enero de 2010

Capítulo XV


Gabriela caminaba por las inmediaciones de la Avda. Millán. Una sensación inexplicable se iba apoderando de ella y la tomaba desprevenida. Tenía un oscuro presentimiento. No obstante, nada extraño había acontecido como para reforzar esa premonición. Sólo deseaba llegar, tomar una ducha y acostarse temprano.

Se pisó el jean, y se dio cuenta de que un fleco rebelde le había hecho perder el equilibrio. Las alpargatas le quedaron llenas de barro.

Torció a la derecha por la calle Petain, y buscó las llaves en su bolsillo. Una brisa se asomaba, y los plátanos sonaban más fuertes. La hojarasca anaranjada se iba sacudiendo al compás del viento.

Atravesó la puerta de calle, y siguió el corredor hasta el fondo, donde alquilaba desde hace más de un año una habitación de dimensiones, diríamos, habitables. Eran siete departamentos. A pesar de las condiciones inhóspitas, del excesivo frío del invierno y calor del verano, era su lugar. Corrió la cortina de nylon y se detuvo seca.

La cama estaba deshecha, sus libros rotos y desparramados, su cómoda de noche hecha astillas. Trémula, buscó el cuaderno. Nada. Ropa desgarrada, le llamó la atención una cadena de trapos anudados. Tamaño trabajo se habían tomado los invasores. Tiró, y atado al extremo apareció el cuaderno. Estaba intacto, pero cuando llegó a la última página escrita, unas letras en birome roja la dejaron petrificada: "Volveremos, ya sabemos donde encontrarte". Aterrada, se dio cuenta de que ellos tenían todos los nombres. Ese había sido el último día de su vida normal, acababa de entrar en la clandestinidad.

No había tiempo, ellos podían estar esperando. Con lo puesto, el cuaderno y unos pesos, se despidió de su vecina:

- Si llama mi vieja, decile que yo la llamo- en décimas de nanosegundos tejió una trama creíble - Necesitan una persona tiempo completo en Tacuarembó y la suma no es para despreciar - Doña Coca quedó convencida y le dio unas galletas malteadas para el viaje.

Gabriela asomó la cabeza a la acera; no había nadie. No podía permanecer un segundo más allí, caminó tan rápido como pudo hasta Millán e hizo una seña luego de divisar un taxi con bandera libre.

Tenía que hablar con Deborah. Los compañeros tenían que saber que podrían caer en cualquier momento; ellos lo sabían todo. Irían a buscarlos y no debían estar desprevenidos.

Golpeó tres veces a la puerta, ya era medianoche. Casualmente Deborah estaba levantada, sus padres habían salido y entretenía a la pequeña Elena.

Se abrazaron muy fuerte, Deborah sabía que no volvería a verla. Elena le preguntó porqué lloraba.

Capítulo XIV


La parroquia Stella Maris rebosaba concurrencia ese domingo al mediodía.

-Tiempos difíciles- había comenzado su sermón Monseñor Francisco Cárdenas.

- Hijos míos: El Señor nos pone a prueba una vez más. Nuestras Instituciones están en peligro ante esta absurda modernidad, que parece obviar los valores más sagrados. Todo ahora es tan efímero. Si esto es ser moderno,¡yo prefiero ser Antiguo!

Había quedado exaltado tras el fervor de su última oración. Una gruesa gota de sudor dibujaba un sendero en su regordeta mejilla.

-Padre Francisco, ¿se encuentra Ud. bien?- se había levantado Ignacio, ubicado en primera fila junto a su esposa María Mercedes.

La misa dominical seguía siendo por lejos uno de los acontecimientos con mayor poder de convocatoria. Las Señoras se encontraban y reflexionaban asustadas.

-¡Ya no les importa corromper a personas decentes! ¡Dentro de poco saquearán nuestros hogares! -había retomado la palabra Monseñor Cárdenas.

- Cristo, Nuestro Señor, nos pide sólo una cosa: Uníos los unos con los otros, sed emisarios del Bien, y nada os ocurrirá. ¡Sea, pues, la familia católica debe ser puesta en resguardo! ¡Y no es pecado, hijos míos, denunciar a quien se aparte de tan noble fin! Recordad a nuestros héroes de las Cruzadas; ¿qué los ha mantenido vivos?

Un silencio sepulcral invadió la nave de la iglesia. Hasta las vaquitas de San Antonio habían detenido su vuelo.

-¡Su fe en la Cruz! Así, hijos míos, es que hoy esta cruz sigue viva en cada uno de los hogares católicos y todos debemos honrarla - Hizo una pausa y prosiguió - Debemos comenzar con pequeñas Acciones para lograr un Gran Fin: restablecer a las Instituciones su preciado valor. Nos lo pide Él, Nuestro Señor Jesucristo. El Amor, hijos míos, triunfará finalmente sobre el Mal. Por eso, debemos delatar a las ovejas que se desvíen del rebaño, así como lo han hecho los nobles cruzados. No teman, hijos míos; si ustedes descubren un signo comunista en su vecino, en su cocinera, en su jardinero, procedan como ciudadanos decentes. Es vuestro deber anotar sus nombres. Si alguna duda os desvía de tamaña acción, tened claro que estos herejes que osáis proteger solo desean apropiarse de vuestros bienes, que por Derecho Divino os pertenecen a ustedes, aristócratas. Es Ley que vosotros, los designados por El, sigan marcando el camino de lo correcto. Vuestro lugar no puede ser usurpado por la lacra comunista!

Capítulo XIII


María de las Mercedes estaba rozagante. Una sonrisa se le había instalado en el rostro, mientras engordaba feliz. Sus rasgos poco agraciados quedaban opacados por tanta lozanía. Mientras aguardaba a su modista, supervisaba que hubiese flores frescas en todos los ambientes de la casa.

Sus íntimas Blanca Otamendi y María Martha Arocena estaban pendientes de Mechi, es que previamente ella había tenido dos abortos espontáneos. No se movían de su lado.

-Le voy a pedir a Leti el modelo que vistió Farah Diba en la Gala de la Cruz Roja. Blanquita, ¿ya encargaste los géneros?

-Pía del Huerto se ofreció a traérmelos de Europa, está pasando la temporada estival en Mónaco, fue con Karl para el VII Rally. Mechita.- frunció el ceño con cara de visible trastorno- No creo que debas salir a la calle, ¡mirá las cosas horribles que están pasando!. El otro día Nora iba caminando por el Centro, ella que detesta ir al Centro, dice que ya no se puede andar sin toparse con la chusma. Yo nunca la había tomado en serio porque siempre exagera. Pero esta vez estaba muy pálida, no sabés, Mechi, ¡le gritaron cosas horribles y obscenas! La pobre de Norita apresuró la marcha y se le mancharon los pantalones blancos.

-¿Qué le dijeron? ¿La agredieron?

-No, porque empezó a correr. ¡Se le salió un taco y al fin iba saltando en un pie!

-¿Cómo eran?

-¡Ah! ¡Tenían un olor a patchouli!

-¡Blanca! ¡Un poco de respeto!

-Mechi, ¡es que esos peludos me dan náuseas! Y por si no fuera poco, humillaron a Norita.

-¿Por qué?

-Le gritaron ¡frígida! ¡Son todos unos degenerados y comunistas!