
Gabriela caminaba por las inmediaciones de la Avda. Millán. Una sensación inexplicable se iba apoderando de ella y la tomaba desprevenida. Tenía un oscuro presentimiento. No obstante, nada extraño había acontecido como para reforzar esa premonición. Sólo deseaba llegar, tomar una ducha y acostarse temprano.
Se pisó el jean, y se dio cuenta de que un fleco rebelde le había hecho perder el equilibrio. Las alpargatas le quedaron llenas de barro.
Torció a la derecha por la calle Petain, y buscó las llaves en su bolsillo. Una brisa se asomaba, y los plátanos sonaban más fuertes. La hojarasca anaranjada se iba sacudiendo al compás del viento.
Atravesó la puerta de calle, y siguió el corredor hasta el fondo, donde alquilaba desde hace más de un año una habitación de dimensiones, diríamos, habitables. Eran siete departamentos. A pesar de las condiciones inhóspitas, del excesivo frío del invierno y calor del verano, era su lugar. Corrió la cortina de nylon y se detuvo seca.
La cama estaba deshecha, sus libros rotos y desparramados, su cómoda de noche hecha astillas. Trémula, buscó el cuaderno. Nada. Ropa desgarrada, le llamó la atención una cadena de trapos anudados. Tamaño trabajo se habían tomado los invasores. Tiró, y atado al extremo apareció el cuaderno. Estaba intacto, pero cuando llegó a la última página escrita, unas letras en birome roja la dejaron petrificada: "Volveremos, ya sabemos donde encontrarte". Aterrada, se dio cuenta de que ellos tenían todos los nombres. Ese había sido el último día de su vida normal, acababa de entrar en la clandestinidad.
No había tiempo, ellos podían estar esperando. Con lo puesto, el cuaderno y unos pesos, se despidió de su vecina:
- Si llama mi vieja, decile que yo la llamo- en décimas de nanosegundos tejió una trama creíble - Necesitan una persona tiempo completo en Tacuarembó y la suma no es para despreciar - Doña Coca quedó convencida y le dio unas galletas malteadas para el viaje.
Gabriela asomó la cabeza a la acera; no había nadie. No podía permanecer un segundo más allí, caminó tan rápido como pudo hasta Millán e hizo una seña luego de divisar un taxi con bandera libre.
Tenía que hablar con Deborah. Los compañeros tenían que saber que podrían caer en cualquier momento; ellos lo sabían todo. Irían a buscarlos y no debían estar desprevenidos.
Golpeó tres veces a la puerta, ya era medianoche. Casualmente Deborah estaba levantada, sus padres habían salido y entretenía a la pequeña Elena.
Se abrazaron muy fuerte, Deborah sabía que no volvería a verla. Elena le preguntó porqué lloraba.


